¡Otro día que no para de llover! Hoy, por fin, tras un trayecto en coche y dos autobuses he llegado a Whanganui.
Aunque ya sabía de antemano que no me podría ofrecer ni los paisajes ni las aventuras que pueden proporcionar otras localizaciones del país, era un lugar obligatorio. El motivo creo que lo sabéis porque no he parado de decirlo desde hace muchos años: son las antípodas de Velada, el pueblo en el que me he criado y al que pertenecen mi familia y muchos de mis amigos.
Aquí debo hacer otro ejercicio de sinceridad y es que he fracasado en una misión que me había propuesto. Quería realizar un acuerdo de hermanamiento entre ambos pueblos y con el apoyo de la corporación de Velada escribí al ayuntamiento de Whanganui, pero cayó en saco roto. Creía que sería bueno especialmente para los niños de los colegios, sobre todo por el intercambio de idiomas, pero no ha sido posible. Adrián Cabo, también fracasa y mucho.
Visitar Whanganui era algo que quería hacer desde que era pequeño y por fin lo he cumplido, así que me siento muy realizado. Por otro lado, tengo un sentimiento de melancolía que no me había pasado antes. Jamás había estado tan lejos de todo lo que quería y quizás al estar aquí y pensarlo ha cobrado más relevancia. Aunque bueno, realmente no nos separan 20.000 kilómetros, son solo unos 12.700 si hiciesemos el famoso túnel de un lado a otro. Nos ahorramos unos cuantos miles de kilómetros. Poca broma
He estado visitando varios sitios de la ciudad y para qué engañarnos, el único que me ha llamado un poco más la atención es una torre que conmemora los caídos en la primera guerra mundial. La torre, que es de unos 33 metros de altura, se encuentra en una colina llamada Durie Hill y es el punto más destacado de la ciudad. Aquí una foto (no es una cárcel, son verjas de protección XD):
Para ser precisos, aunque las vistas desde la torre eran muy buenas, lo que más me ha gustado no es la torre, si no el sistema de acceso. Se compone de un túnel horizontal, de unos 200 metros que se adentra en el monte desde la base, y el ascensor de acceso a la parte superior de la colina, que recorre unos 66 metros y lleva operativo desde hace 103 años. Frikadas de ingeniero.
Tras contemplar las vistas de la ciudad desde la torre y dar un paseo por el centro visitando otros edificios históricos, he decidido que era mejor guarecerse del chaparrón. Así que siguiendo la tendencia local, he entrado en un pub a degustar las cervezas locales, ver los partidos de rugby y de paso cenar algo que ya estaba en hipoglucemia.
Y hasta aquí mi día, no ha sido el más aventurero, pero creo que era absolutamente necesario. Por mi parte, misión cumplida. Mañana madrugo, cojo el primer bus a Wellington y ya veremos que me encuentro allí. ¡Hasta pronto Whanganui!

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