viernes, 21 de octubre de 2022

Capítulo 4: La isla del tesoro

Vuelve a amanecer soleado. El tiempo me favorece, veremos hasta cuando. Hoy he decidido coger un barco y visitar la isla de Waiheke. Dicha isla se encuentra a unos 45 minutos de Auckland y es un lugar precioso, lleno de viñedos y bodegas, playas maravillosas y rutas para hacer tanto a pie como en bici.

Como voy improvisando, he decidido coger un tour guiado por la isla para que me cuenten lo más relevante, pasar por algunas bodegas y luego hago la guerra por mi cuenta. De los vinos que he probado, me ha resultado especialmente gracioso (y delicioso) uno de la bodega “Man O’ War” llamado Valhalla. Para ser de una familia donde hacemos nuestro propio vino, no soy muy entendido en caldos, pero sí sé cuando algo me gusta y no solo por el nombre metalero 😆

La verdad es que de lo que he visto me han gustado muchas cosas, pero destacaría la playa de Onetangi y allí he pasado la mayor parte del tiempo. He ido a comer a un bar que tenía un árbol llamado Pohutukawa en la terraza y las mesas daban directamente a la playa y por tanto al mismísimo Océano Pacífico. Pues allí, sentado haciendo sobremesa tranquilamente he tenido uno de los mejores momentos en lo que llevo de viaje: total relajación mientras me daba el sol en la cara, una suave brisa del mar y mirando al horizonte viendo solo agua. Quizás ha sido el momento en que me he creído realmente que estoy de vacaciones 😇

Me ha resultado imposible no acordarme de la película Cadena Perpetua (imprescindible, por supuesto). Hay una escena en la que Andy le habla a Red de dónde iría al salir, obviamente ese lugar es Zihuatanejo, un pequeño pueblo mexicano y le comenta “¿Sabes qué dicen los mexicanos del Pacífico? Que no tiene memoria”. Escena memorable.

Tras mi epifanía vacacional, he decidido retornar a la ciudad porque tenía un asunto pendiente: helado. En Auckland se encuentra una de las mejores heladerías del mundo: Giapo. Debo confesar que ha respondido a las expectativas. He tomado uno a base de plátano, ron, nueces y praliné…puffff locura. Hipercremoso, sabores intensos, dulce sin saturar el paladar, la galleta del cono era artesana, repito mañana seguro.

Como se estaba poniendo la tarde muy gris he aprovechado para dar un paseo rápido por Albert Park (reminiscencias de la época Victoriana de la ciudad) y me he pirado al hotel con el chubasquero puesto que por fin ha arrancado a llover. Mucho ha tardado.



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